Ríos, Félix J. (1998b), “La construcción permanente de la identidad” Miradas y voces de fin de siglo. Actas del VIII Congreso Internacional de la Asociación Española de Semiótica (1998) Granada: A.E.S. Grupo Editorial Universitario. Vol. II, 2000:833-840 ISBN 84-95276-95-X


La identidad es, como sabemos, un concepto semiótico que se construye de manera simultánea al de alteridad. Reconocemos similitudes entre las cosas porque, al mismo tiempo, aceptamos las diferencias. En la identidad física no parece que existan muchos problemas de delimitación ya que el cuerpo establece la diferencia radical. La piel nos separa. ¿Pero qué ocurre cuándo queremos ir más allá de la simple identidad antropológica? El ser humano construye su carácter sumando a la apariencia física múltiples y variados elementos culturales, sociales e históricos que, lógicamente, son adquiridos. Cada uno de nosotros pasará, a lo largo de su vida, por una serie de sujetos colectivos (Cros, 1986), v. gr., la familia, la generación, la escuela, el trabajo, etc., que nos proponen, cada uno de ellos, una visión del mundo, unos valores que, lo queramos o no, van a contribuir a la configuración de nuestra identidad.

La conciencia no es una realidad preexistente sino un hecho socioideológico y, como dice Bajtin (1929), «sólo puede surgir y afirmarse como realidad mediante la encarnación material en signos» (Citado por Cros, 1986:93). El signo es social, el individuo representado por ese signo complejo se inserta en una determinada comunidad. Esta comunidad que llamaremos nacional no es fija, no se mantiene inerte, inmóvil. Los sujetos que a ella pertenecen pueden abandonarla para integrarse en otra comunidad1. Porque el concepto de nacionalidad, que sirve para profundizar en la identidad del ser humano histórico, no es inmutable, está sujeto a cambios. Se trata de una noción singularizada por la búsqueda, por la persecución de un ideal movedizo, como movediza y cambiante es la identidad, construcción permanente que a veces se debate en contradicciones, en procesos inestables y traumáticos, fruto de esa paradoja de la que hablábamos al principio: la identidad va indisolublemente unida a la diferencia.

Además, la identidad tiene un carácter pancrónico. Está constituida por múltiples «presentes anteriores». Las épocas históricas, en ese sentido, no son homogéneas. Hay épocas más identitarias y épocas en las que los paradigmas se tambalean. Hoy, nadie parece dudarlo, estamos en una época caótica2, de transición de paradigmas3 en la que se cuestiona no sólo la identidad sino la misma noción de sujeto que, como estamos viendo, se tiene que construir, es un artificio en el que se imbrican la sociedad, la cultura y la psique que se proyecta en las estructuras discursivas que se expresan en una lengua concreta.

¿Será la lengua, el idioma, una de las señas de identificación determinantes en la construcción de la identidad? Herder pensaba que en la lengua se encontraba el espíritu de una nación. Pero no parece que hoy podamos estar de acuerdo con esa afirmación. La identidad hispana así lo desmiente.

La unidad y permanencia de nuestra lengua viene determinada lingüísticamente por la condición especial del español, que se ha conservado como entidad unitaria a lo largo de los siglos por dos razones principales, señaladas por Ángel López García (1995).

En primer lugar, la cohesión interna de nuestro idioma proviene de la Edad Media y se explica porque el castellano se convirtió en la lengua de intercambio, la lengua koiné4 usada por los distintos pueblos peninsulares, cualquiera que fuese su lengua materna.

Lo que importa es entender que la koiné española fue una modalidad románica surgida en la zona fronteriza que separaba el vasco del romance; que frente a las demás se caracterizó desde el principio por su condición innovadora y simplificadora de soluciones en conflicto; que la adoptaron preferentemente los que no la tenían como lengua materna para servirse de ella como instrumento de intercambio simbólico. (López García, 1995:81)

En segundo lugar, la estabilidad moderna proviene del hecho de que el español –sobre todo en América- se convirtió en la lengua igualitaria del mestizaje, entre etnias y culturas muy diferentes. Y no fueron los españoles los que contribuyeron a su extensión por el Nuevo Continente sino las nuevas naciones americanas,

[...] quienes le concedieron carácter de lengua nacional en sus constituciones y desarrollaron todo tipo de programas institucionales para garantizar su pureza, así como su omnipresencia en todos los niveles educativos, una vez separadas de la metrópoli y no antes. (López García, 1995:82)

Aunque pueda parecer paradójico, la defensa de la identidad americana se hizo muchas veces con el soporte de las raíces hispanas. Un ejemplo significativo es el caso de Cuba.

Es interesante constatar como el hombre latinoamericano asumió durante mucho tiempo –y aún asume de alguna manera- lo europeo como propio; en ocasiones ello se manifiesta en una total ceguera ante el paisaje nacional, y algunas veces, en la sustentación de criterios fundados en otras realidades. No hay que olvidar que la tradición española, la historia española, forma parte de la memoria histórica hispanoamericana, aunque también nuestro presente –presente de casi cinco siglos- es, en la medida consabida, parte integrante de aquella historia, española y europea; [..] (Ubieta Gómez, 1993:20)

La presencia cercana del gigante estadounidense y su cultura anglosajona quizás explique en gran medida la extensión del fenómeno. Lo hispánico le serviría al isleño para rechazar con más fuerza el modelo que le llega del norte.

Lo que parece claro es que la lengua no es una seña suficiente de individualidad, como advierte Claudio Guillén (1998:300) al hablar de las literaturas nacientes o emergentes. Incluso el mismo concepto de literatura nacional española no se gesta hasta el siglo XVIII, aunque desde el siglo XV se advierta en los escritores españoles un «ideal lingüístico unitario» y cierta «centralización de la tradición estética» (Mainer, 1994; citado por Guillén, 1998:312).

Recuérdese, también, la forma en que se creó el mito cultural del llamado teatro nacional español. Ricardo Senabre (1996), en el Congreso de Zaragoza, nos advertía que fue una creación mítica, en el siglo XIX, de un ministro español de Educación gracias a la implantación de su programa de enseñanza.

Otro de los procedimientos señalados por Claudio Guillén (1998:305) para descubrir la especificidad de una cultura es la referencialidad, un procedimiento tan obvio que, dice, puede que no sea la vía que conduzca mejor a la calidad, el sentido y la especificidad de una literatura.

En el proceso constructivo de la identidad caribeña, se ha elaborado un estereotipo de la naturaleza a través de varios elementos: la palma, el banano, el mar (trágico y temible), la insularidad, el tema negro, los bailes y los instrumentos. No parece convincente una identificación tan primaria. Antonio Benítez Rojo habla de dos factores algo más elaborados y que tienen un sentido más profundo: el ritmo como estética común a todo el Caribe y la plantación como sistema económico colonial alrededor del cual giraba la existencia del hombre americano.

En cualquier caso, lo cierto es que, para la América Latina, como dice el cubano Enrique Ubieta (1993:8-9),

La destrucción de ciertas totalidades opresoras –el eurocentrismo primero y el criollocentrismo después- es una premisa necesaria para la construcción de una nueva y más amplia totalidad que nos integre. Por eso, además, la búsqueda de identidad en nuestro contexto tiene un carácter histórico: no se trata de una definición estática, diferenciadora, no se busca una identidad de realidades, sino de procesos; se aspira a la unidad en la diferencia y el devenir.

En Canarias sucede algo similar. Desde que tenemos memoria histórica, nos hemos sentido habitantes de un territorio de transición y encrucijada. Por supuesto, siempre hemos visto la microtradición canaria dentro de un conjunto mucho mayor. De lo que se trata es de precisar, en la medida de lo posible, esa tradición o identidad básica: africana, berebere, occidental, latina, hispánica, española,...

Valbuena Prat en 1937 apuntó una serie de características temáticas presentes en la literatura canaria que luego la crítica ha ido repitiendo hasta hoy mismo. El aislamiento, el sentido marino, el cosmopolitismo y la intimidad serían, grosso modo, las señas de identidad de la estética isleña.

Pedro García Cabrera, uno de nuestros mayores poetas contemporáneos, explicaba en un ensayo notable de 1930, “El hombre en función del paisaje”, su idea del regionalismo. Se trata de un ejemplo claro de tematización del espacio isleño:

El medio imprime al hombre un símbolo primario, un determinado modo de ser. Símbolo primo que irá arrastrando a lo largo de su vida. (...) La imagen primaria del hombre se modela en su paisaje nativo y a ella reduce –amolda- las percepciones y las impresiones. (García Cabrera, 1930:202)

Veamos los rasgos que supuestamente configuran la identidad canaria.

La presencia constante del substrato aborigen es una realidad cierta e innegable. Pero no caigamos en extremismos. Se ha hablado de la profunda huella que ha dejado el «peso de la arqueología» en la creación de nuestra tradición o que es indudable que la saudade del derrotado se transmitió a las nuevas formas isleñas de la literatura hispánica.

La «mitología del almendro» es un resabio romántico felizmente superado. Miguel de Unamuno dedicó uno de sus artículos de Por tierras de Portugal y de España (1911:170) al recuerdo del famoso poema “Canarias” que Nicolás Estévanez compuso en la segunda mitad del XIX. Dice don Miguel:

Me apresuré a subir a la ciudad de La Laguna, a la ciudad de los Adelantados. En el camino os enseñan la casa nativa de don Nicolás Estévanez, y junto a ella el almendro que él, don Nicolás, ha hecho famoso. Pues él cantó, diciendo: “Mi patria no es el mundo, mi patria no es Europa, mi patria no es España, mi patria es una choza, la sombra de un almendro”... etc. ¡Pobre del que no tiene otra patria que la sombra de un almendro! ¡Acabará por ahorcarse de él!

La cita no es exacta ni los versos de Estévanez son exactamente así ni Unamuno supo advertir el sentido universalista que tenían. El propio rector de Salamanca reconocería años más tarde que debía rectificar sus palabras. La polémica cuarteta dice así:

Mi patria no es el mundo

mi patria no es Europa

mi patria es de un almendro

la dulce, fresca, inolvidable sombra.

El aislamiento del canario es otra realidad, esta vez geográfica, innegable. Pero por sí sola no justifica nada. El campesino de un pueblo castellano puede estar más aislado que el isleño. Sobre todo porque, viéndolo desde otra perspectiva, recibe menos visitas. Las islas han sido parada y fonda desde la conquista y los canarios, salvando circunstancias personales y económicas, han viajado o por lo menos han tenido un conocimiento aceptable de lo que pasaba por el mundo.

El sentimiento del mar es una nueva evidencia natural con la que no se particulariza nada. El mar está presente en la literatura universal y su singularidad viene de la mano del poeta, de su individualidad, de su personalidad lírica y, nunca, de la Naturaleza.

En los primeros poetas canarios, dentro de la tradición culta española, están ya esbozados los elementos simbólicos tópicos que dibujan la imagen de Canarias. Nosotros, sin embargo, vamos a detenernos en la etapa más fecunda de la literatura canaria, en los primeros años de este siglo que ahora acaba.

Los primeros decenios del siglo XX suponen el momento más brillante de la historia de la literatura canaria. Lázaro Santana (1987:15) afirma que ese florecimiento se debe a ciertos rasgos de independencia de los escritores canarios respecto a la tradición peninsular «que marcan la adscripción de la escritura canaria a la modernidad». Creemos nosotros que esos rasgos de independencia, más allá de nacionalismos literarios, significan la entrada de Canarias en otra tradición, «la tradición de la ruptura», en palabras de Octavio Paz (1974:18), ruptura que define la condición moderna de la poesía.

El modernismo es el movimiento que logra romper en Canarias con la estética romántica imperante y a la vez constituirse en un sólido elemento que conducirá a la vanguardia. El modernismo canario va más allá del juego peninsular, donde nunca pasó de ser otra moda venida de fuera; en Canarias el modernismo se asienta ayudado por otras tradiciones: la inglesa y, sobre todo, la sudamericana.

Para Jorge Rodríguez Padrón (1986:33 y 1989:12), las peculiaridades canarias del modernismo sólo se explican en función de su carácter periférico y excéntrico. La originalidad modernista está determinada por tres puntos de referencia que responden a la clásica caracterización de Valbuena Prat (aislamiento, cosmopolitismo e intimidad y sentimiento del mar):

La condición insular, cuya incertidumbre dramática presupone una identidad conflictiva.

La condición moderna. El mecanismo expresivo utilizado por los escritores modernistas canarios es fragmentario y confundidor, natural a su condición insular, con una estética deformada y dramática que es totalmente moderna. El aislamiento y la intimidad, a los que hacía alusión Valbuena, son equivalentes al proceso de individualización creadora que es fundamental en la modernidad.

La condición atlántica, que predispone al descubrimiento, a la novedad, a la sugestión creadora y debe situarse en posición fronteriza. Ahí coincide con otra voz, fronteriza y atlántica, que funde la retórica con la inmediatez de lo cotidiano y coloquial: Pessoa y la moderna poesía portuguesa.

Para Sánchez Robayna (1983:28), Tomás Morales, el mayor poeta modernista canario, tiene una «visión rítmica del mundo». Será esta visión la que inicie el nuevo momento de la poesía canaria.

Carmen Ruiz Barrionuevo (1987:36) afirma que

(...) la poesía insular canaria comienza su andadura actual con los versos de Tomás Morales, en los que se configura de forma consciente y por vez primera un ámbito literario característico de lo insular.

Sin embargo, nos alerta contra la fácil clasificación de Valbuena Prat. El cosmopolitismo tal y como nos lo presenta Morales debe mucho al modernismo, e incluso ese intimismo, entendido como canto al hogar, a lo aldeano y cotidiano, es característica fundamental del postmodernismo.

De todas formas, el mito isleño parece ir construyéndolo desde el inicio de su producción poética. La casa y la isla, la identificación con la naturaleza insular,... El mar cobra en esta identificación una importancia decisiva. La mitología modernista ayuda a la consecución de unos objetivos clásicos en los que se ve el puerto como refugio y la isla como paraíso.

Ruiz Barrionuevo (1987) piensa que en la obra de Tomás Morales encontramos una poética insular modernista (el estudio comparativo con Lezama Lima es muy sugerente), imaginativa y triunfante que asume un proceso temporal fundacional.

Los poetas que comienzan a publicar a finales de la década del veinte, que representan lo que entonces se llamaba «la nueva literatura», buscan en la tradición canaria dos ideas que señalan el destino de nuestra cultura: la universalidad junto con la insularidad. Por ello no es extraño que coexistan los estudios del pasado canario junto a la explosión surrealista que rompe fronteras y distancias geográficas.

Dos revistas, entre la efervescencia editora de la época, serán los instrumentos básicos para la consecución de sus objetivos: La Rosa de los Vientos y La Gaceta de Arte.

En el año 1927 nace La Rosa de los Vientos en Santa Cruz de Tenerife en la que colaborará Ramón Gómez de la Serna (en los cinco números que vieron la luz) y que dirigirán de manera conjunta Agustín Espinosa, Ernesto Pestana Nóbrega y Juan Manuel Trujillo. Portavoz de las nuevas ideas fomentadas por un grupo de jóvenes combativos que no se encuentran cómodos en las decimonónicas publicaciones de entonces, en sus páginas surgirán los primeros conceptos que canonizarán el imaginario atlántico de la vanguardia; conceptos como universalismo, valores juveniles, isla interior frente a falso regionalismo,... se repiten en las creaciones de estos intelectuales de provincias que dirimen sus diferencias estéticas en la prensa local y de vez en cuando publican algún artículo o reseña en una revista de la capital.

Junto a las manifestaciones poéticas, nos encontramos con conferencias y ensayos, meditaciones de índole estética y filosófica de los teóricos de la generación que van perfilando el significado de lo moderno. El ensayo es uno de los géneros que caracterizan la Edad de Plata (Mainer) de la literatura hispánica, un género que se desarrolla en las páginas de los innumerables diarios y revistas que florecieron en aquellos años y que tuvo efectos sociales y políticos considerables en la época.

La opción universalista surge de manera natural como oposición al cerril regionalismo del momento. En febrero de 1928 se publica en el diario La Prensa de Santa Cruz de Tenerife el llamado “Primer Manifiesto de La Rosa de los Vientos”. Para estos jóvenes, «marineros de todos los mares», el universalismo de nuestros intelectuales del XVIII está por encima del romántico y caduco regionalismo del XIX. Este amor malentendido por la tierra natal lo representa en esos momentos la revista Hespérides, en la que publican otros jóvenes –Eduardo Westerdahl, Pedro García Cabrera, Domingo Pérez Minik- que no ven con buenos ojos el proyecto de La Rosa de los Vientos.

Podemos hablar de dos generaciones o dos sensibilidades en la evolución vanguardista en las Islas. Un grupo volcado en la formación y en la recepción de los distintos ismos, con el proyecto universalista de La Rosa de los Vientos como elemento nuclear, en los que la influencia de Alberti y Lorca es muy clara y otro grupo con mayores preocupaciones políticas y sociales que en su proceso de maduración y asentamiento se encontrarán con el surrealismo. Acabarán comprometidos con el proyecto de Gaceta de Arte, en el que convivirán con el socialismo militante y el racionalismo arquitectónico.

Es muy interesante la polémica que enfrentó amistosamente a dos intelectuales isleños, Juan Manuel Trujillo y Eduardo Westerdahl. Frente al concepto universalista del primero, Westerdahl apuesta por un nuevo regionalismo que no huya de lo autóctono porque cree que es un síntoma de impotencia eludir el motivo regional.

El conocimiento de nuestra historia literaria y de sus creadores, nos permitirá avanzar en la construcción de una tradición apoyada en la modernidad, inmersos en un mundo cada vez más pequeño y dependiente.

Quizá seamos parte de las Indias. Juan Manuel García Ramos ha publicado distintos trabajos vinculados al mundo americano con las Islas Canarias. A principios de los noventa afirmaba:

“Canarias fue y debe ser el apéndice feliz de una España en diálogo con la América de Francisco de Miranda y Martí. (García Ramos, 1993:173)

Hoy, García Ramos ha modificado algo sus ideas –recordemos lo que decíamos de la identidad cambiante- y parece encontrarse más cerca de América. Incluso se ha integrado en el Partido Nacionalista Canario que fundara el líder de los independentistas canarios, Secundino Delgado.

La relación de los canarios con América en estos cinco siglos ha sido constante (García, 1995). Sin embargo, nos parece que ha sido mayor el contacto con Europa. La emigración a Cuba y Venezuela fue, en la mayor parte de los casos, impuesta por razones económicas. Los lazos con Europa han sido y son comerciales pero también culturales.

Juan Marichal (1988) habla de la conciencia unitaria de la cultura hispánica, formada a lo largo de los siglos pero que nace de manera explícita a partir de los movimientos independentistas de las colonias españolas, aunque pueda parecer una contradicción. Ya decíamos, en el caso de Cuba, que esa afirmación españolista o hispánica era una reacción natural ante el peligro (también cultural) que supone la presencia del poderoso vecino del norte. Esa unidad hispánica en la diversidad ha sido defendida por nombres ilustres: Rodó, Alfonso Reyes, Vallejo, Neruda o Carlos Fuentes.

Creemos que nuestra identidad debe estar asentada en una tradición que busca la universalidad dentro de la gran familia hispana (no se entiende a España sin contar con su realidad insular, como no se entiende sin Cataluña o sin el País Vasco. Pero eso es otra historia,...).

Es verdad que las Islas son territorio de transición y encrucijada pero no sólo geográfica o históricamente. Hoy, toda la civilización occidental está en un momento de tránsito, de transformación social hacia algo que todavía no tenemos muy claro.

Somos isleños, europeos atlánticos abiertos a lo nuevo pero sin olvidar las raíces españolas. Debemos ser ultramarinos y no coloniales, atendiendo a la distinción propuesta por Aquilino Duque (1984:100):

Ultramar es un hecho geográfico; colonial, un episodio histórico. El escritor de América, visto al menos desde esta orilla española, es ultramarino en cuanto con un lenguaje propio expresa un mundo propio; es colonial, en cuanto procura remedar las modas y los dengues de las culturas europeas.

Seamos españoles y ultramarinos, abiertos a la pluralidad y el universalismo, señas de identidad del nuevo siglo. Nuestra identidad seguirá transformándose en el tercer milenio cristiano, en un proceso dinámico e inacabable, permanente y novedoso al mismo tiempo.



NOTAS



1 Este es uno de los derechos universales del hombre que reconoce la Declaración de las Naciones Unidas en 1948: Artículo 15.1. Toda persona tiene derecho a una nacionalidad. 2. A nadie se le privará arbitrariamente de su nacionalidad ni del derecho a cambiar de nacionalidad.

2 La teoría del caos considera que el caos, más que la ausencia de orden, es el resultado de la información extremadamente compleja que produce nuestro mundo, que no se rige, como se pensaba hasta hace muy poco, por la predecible mecánica newtoniana. La realidad, que es caótica porque es impredecible, se articula mediante sistemas complejos que se caracterizan por ser tan ricos en información como pobres en orden. El desorden, la no linealidad y el ruido desempeñan, paradójicamente, un papel constructivo en esos sistemas complejos que constituyen nuestro universo.

3 Los paradigmas son, según Kuhn, realizaciones científicas universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica.

4 El nuevo Director de la Real Academia Española , Víctor García de la Concha, lo recordaba hace muy poco tiempo, en una entrevista concedida con motivo de su reciente elección: “El español nació como “koiné”, como lengua de intercambio, y desde muy pronto demostró una enorme capacidad de asimilación (tenemos numerosos préstamos del latín, del árabe, galicismos). [:19] El Cultural de La Razón, 6 de diciembre de 1998, Madrid.



BIBLIOGRAFÍA


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